A 32 años del atentado a la AMIA: tres mujeres transformaron el dolor en memoria y la lucha por justicia
A 32 años del atentado contra la AMIA, que dejó 85 víctimas fatales y continúa impune, una madre, una hija y una viuda comparten cómo reconstruyeron sus vidas. Sus testimonios reflejan el valor de la memoria, el reclamo permanente de justicia y el desafío de seguir adelante sin olvidar.

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El 18 de julio de 1994, una bomba destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en el barrio porteño de Once. El atentado terrorista, el más grave de la historia argentina, provocó la muerte de 85 personas y dejó más de 300 heridos. Más de tres décadas después, la causa continúa impune.
Para quienes perdieron a un ser querido, el tiempo no borró la ausencia. La búsqueda de justicia y el compromiso con la memoria se convirtieron en una forma de reconstruir la vida. Los testimonios de Sofía Kaplinsky de Guterman, Gabriela Rodríguez y Diana Wassner Malamud muestran tres maneras distintas de atravesar el duelo, con un mismo objetivo: que la tragedia no sea olvidada.
Sofía Kaplinsky: transformar el dolor en educación y memoria
Sofía Kaplinsky perdió a su única hija, Andrea Judith, de 28 años, quien había concurrido a la bolsa de trabajo de la AMIA para buscar empleo. Siete días después del atentado encontraron su cuerpo.
Durante mucho tiempo sintió que ya no tenía razones para seguir viviendo. Sin embargo, una conversación inesperada cambió su manera de enfrentar el duelo. Comprendió que mantener viva la memoria de Andrea dependía de ella.

Desde entonces convirtió esa misión en un compromiso cotidiano. Recorre escuelas de todo el país contando las historias de las 85 víctimas para que dejen de ser un número y recuperen sus nombres, sus proyectos y sus vidas.
Su trabajo busca transmitir que el atentado no fue un ataque únicamente contra la comunidad judía, sino una tragedia que afectó a toda la sociedad argentina. “Voy sembrando memoria”, resume.
Gabriela Rodríguez: crecer con una ausencia que nunca desaparece
Gabriela Rodríguez tenía apenas ocho meses cuando perdió a su madre, Silvana Alguea de Rodríguez, empleada de la AMIA.
Cada mes de julio revive con mayor intensidad aquella historia que no recuerda por experiencia propia, pero que marcó toda su existencia. Reconoce que todavía los ruidos fuertes o las imágenes de explosiones despiertan recuerdos y emociones difíciles de controlar.
Para ella, exigir justicia no responde únicamente a una necesidad personal. Considera que una sociedad no puede acostumbrarse a convivir con hechos de semejante gravedad sin responsables condenados.

También reflexiona sobre el peso de crecer con frases que durante años intentó naturalizar: que a su mamá no la perdió por una enfermedad o un accidente, sino que fue asesinada en un atentado terrorista.
Su pedido es claro: que la memoria no quede exclusivamente en manos de las familias de las víctimas. “Elegí recordar conmigo”, invita, convencida de que solo el compromiso colectivo puede evitar que tragedias como esta vuelvan a repetirse.
Diana Wassner Malamud: reconstruir la vida sin abandonar la lucha
Diana Wassner Malamud perdió a su esposo, Andrés Malamud, arquitecto responsable de la remodelación del edificio de la AMIA. Tenía 37 años y dos hijas pequeñas cuando ocurrió el atentado.
Tras días de incertidumbre, su cuerpo fue encontrado entre los escombros. A partir de ese momento comenzó una vida completamente distinta, atravesada por el duelo y la necesidad de criar sola a sus hijas.
La búsqueda de justicia pasó a ocupar un lugar central en esa nueva etapa. Para Diana, resultaba imposible aceptar que un crimen de semejante magnitud quedara sin respuestas judiciales.

Aunque reconoce el desgaste de tantos años de reclamos, nunca abandonó esa convicción. Paralelamente tomó otra decisión: impedir que el atentado definiera por completo su existencia. Se propuso construir una buena vida para ella y sus hijas, sin dejar de reclamar verdad y justicia.
La memoria como un compromiso colectivo
Las historias de Sofía, Gabriela y Diana reflejan distintas formas de enfrentar una misma tragedia. Una encontró sentido en la educación, otra en el llamado permanente a recordar y la tercera en la lucha por justicia sin resignar el deseo de vivir.
A más de tres décadas del atentado a la AMIA, el reclamo sigue vigente. La impunidad continúa siendo una herida abierta para los familiares, mientras la memoria permanece como la herramienta más poderosa para honrar a las 85 víctimas y sostener el compromiso de que un hecho así no vuelva a repetirse.
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