Cavallo advierte que el boom exportador es insuficiente sin reformas de fondo: «el RIGI no resolverá la competitividad»
El exministro de Economía relativizó el optimismo por los US$100.000 millones en ventas externas y cuestionó los incentivos sectoriales. Asegura que la clave del desarrollo sostenible no está en los beneficios especiales, sino en eliminar el "sesgo anti exportador" y unificar las reglas de juego.

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El exministro de Economía Domingo Cavallo advirtió que el crecimiento de las exportaciones argentinas no garantizará por sí solo un proceso de desarrollo sostenido si no se eliminan las distorsiones estructurales que afectan a toda la economía. En un extenso análisis, sostuvo que los incentivos sectoriales contemplados en el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) y en el denominado «super RIGI» no resolverán los problemas de competitividad del país y, por el contrario, podrían profundizar desequilibrios.
Cavallo cuestionó tanto a quienes presentan el actual auge exportador como el motor del crecimiento de largo plazo como a quienes alertan sobre el riesgo de una «enfermedad holandesa». Según planteó, ambas posiciones parten de diagnósticos equivocados porque no consideran la experiencia histórica argentina ni el contexto internacional, marcado por la aceleración tecnológica, las tensiones geopolíticas y la incertidumbre en el comercio global.
En ese escenario, sostuvo que el Estado no debería intentar direccionar las inversiones mediante beneficios fiscales, cambiarios o financieros para determinados sectores, sino crear condiciones homogéneas que permitan invertir y exportar a toda la economía. «Las economías emergentes necesitan estructuras productivas flexibles y ágiles para adaptarse a un mundo cambiante, algo que no se consigue con incentivos discriminatorios», afirmó.

El «boom exportador» bajo otra mirada
El economista relativizó el entusiasmo generado por la posibilidad de que las exportaciones argentinas alcancen este año los 100.000 millones de dólares. A su entender, esa cifra está lejos de representar un desempeño excepcional.
Argumentó que, si las ventas externas hubieran mantenido el ritmo de crecimiento registrado durante la década de 1990, actualmente deberían ubicarse en torno a los 135.000 millones de dólares. Incluso sostuvo que, considerando la fuerte mejora de los precios internacionales de los principales productos de exportación durante los últimos 25 años, el país podría estar exportando más de 190.000 millones de dólares.
Como ejemplo, recordó que a fines de los años noventa Argentina exportaba alrededor de 26.000 millones de dólares frente a los 48.000 millones de Brasil. Hoy, señaló, Brasil supera los 350.000 millones de dólares mientras Argentina apenas ronda los 100.000 millones.

Para Cavallo, la explicación no reside en la falta de potencial productivo, sino en las políticas económicas implementadas desde 2002. Además, remarcó que la actual expansión de sectores como la energía y la minería responde principalmente a inversiones realizadas previamente, sin incentivos fiscales extraordinarios y pese a un contexto que, según considera, fue desfavorable para exportar.
El principal obstáculo: el sesgo anti exportador
Uno de los ejes centrales del análisis es el denominado «sesgo anti exportador». Cavallo explicó que este fenómeno no depende del nivel del tipo de cambio real, sino de la diferencia entre el tipo de cambio efectivo que enfrentan los exportadores y el que beneficia a los importadores.
Cuando exportar resulta relativamente menos rentable que importar, sostuvo, las empresas reducen sus incentivos para invertir pensando en los mercados internacionales y pierden la posibilidad de aprovechar economías de escala.
Además, afirmó que ese sesgo incrementa el costo de las inversiones y de los insumos importados, dificultando que las empresas argentinas alcancen niveles de productividad comparables con los de sus competidores internacionales.
Como ejemplo, recordó la evolución del sector agropecuario. Según explicó, durante la década del noventa la eliminación de retenciones, la reducción de costos logísticos y la incorporación de nuevas tecnologías permitieron que Argentina prácticamente igualara los rendimientos agrícolas de Estados Unidos. Sin embargo, afirmó que desde 2002 la reintroducción de retenciones y las deficiencias en la protección de la propiedad intelectual sobre semillas hicieron que el país volviera a perder competitividad frente a Brasil, que hoy triplica las exportaciones agropecuarias argentinas.
El prejuicio anti inversor y el costo del financiamiento
Otro de los factores que identifica como determinante es el «sesgo anti inversor», que atribuye principalmente al elevado costo del financiamiento.
Según Cavallo, la economía argentina necesita reducir significativamente tanto las tasas de interés internas como el costo del crédito externo para que las inversiones resulten rentables. Consideró que ambas deberían converger hacia niveles cercanos al crecimiento potencial de la economía, estimado en torno al 5% anual.
A su juicio, menores tasas de interés permitirían reducir el costo financiero del Estado, generar mayor espacio fiscal y acelerar la eliminación de impuestos que afectan las exportaciones y encarecen las importaciones de bienes de capital e insumos.
Controles cambiarios vs. tipo de cambio alto
En la parte final de su análisis, Cavallo volvió a insistir en la necesidad de eliminar definitivamente los controles cambiarios y garantizar la libre movilidad de capitales.

Cuestionó la idea de que un tipo de cambio real elevado constituye, por sí solo, una política eficaz para impulsar las exportaciones. En su opinión, mantener restricciones cambiarias mientras se procura sostener un dólar alto termina profundizando los problemas de competitividad y desalienta las reformas estructurales necesarias.
En ese sentido, sostuvo que la estrategia aplicada tras la salida de la convertibilidad en 2002, basada en un tipo de cambio elevado junto con controles, defaults y restricciones financieras, terminó agravando tanto el sesgo anti exportador como la falta de crédito para el sector privado.
Para el exministro, el crecimiento sostenible de la economía argentina dependerá menos de programas específicos para grandes inversiones y mucho más de generar reglas generales que eliminen las distorsiones que afectan a todos los sectores productivos, favorezcan la inversión y permitan competir en igualdad de condiciones en los mercados internacionales.
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