El modelo Raulito: ¿por qué el desapego a los manuales de marketing corporativo salvó a esta pyme?
Al cumplir siete décadas, la alimenticia cordobesa expone un caso de estudio singular: cómo la resistencia a modernizar el packaging y la renuncia a los aditivos químicos construyeron un posicionamiento indestructible basado en la confianza.

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Durante siete décadas, mientras las marcas renovaban logos, rediseñaban envases y adaptaban estrategias para seguir las tendencias del mercado, Raulito eligió otro camino: no cambiar. Esa decisión, que nunca fue parte de un plan de marketing sofisticado, terminó convirtiéndose en una de las claves de su permanencia y en un caso singular dentro de la industria alimenticia argentina.
La tradicional fábrica de mermeladas cordobesa acaba de cumplir 70 años y recibió un reconocimiento del Concejo Deliberante de Córdoba, una distinción que, según explica Cristian Ulloque, director de la empresa, representa la formalización de un vínculo construido durante décadas con miles de familias argentinas.
«Más que un premio, es un reconocimiento a un trabajo silencioso que se hizo durante muchos años«, sostiene.
Una historia que comenzó sobre tres ruedas
Aunque Productos Raulito SRL se consolidó formalmente hace siete décadas, sus orígenes se remontan algunos años antes. El nombre y la imagen que identifican a la marca tienen una historia familiar: corresponden al hijo de uno de los fundadores.
La producción de aquellas primeras mermeladas se realizaba durante la noche para evitar las altas temperaturas, mientras que la distribución se hacía durante el día en un triciclo de carga. En esos recorridos, el pequeño Raulito acompañaba a su padre en el reparto por distintos comercios de la ciudad.

La consolidación de la empresa llegó de la mano de la sociedad entre el padre de Raulito y Alfredo Herardi, quienes impulsaron el crecimiento de una marca que, con el tiempo, se transformaría en un clásico de las mesas argentinas.
La fruta como protagonista
En una industria donde la estandarización domina los procesos productivos, Raulito sostiene una filosofía poco habitual: trabajar con fruta real y aceptar las variaciones naturales que eso implica.
Actualmente la empresa produce nueve variedades de mermeladas. El sabor más vendido es durazno, que concentra entre el 40% y el 42% de las ventas. Sin embargo, la pasión de los consumidores parece concentrarse en otros productos.
«La mermelada de higo es la que más comentarios positivos genera. Tiene una comunidad de fanáticos muy fuerte», explica Ulloque.
También se destacan sabores históricos como zapallo, que mantiene una clientela fiel desde hace décadas, y la mermelada de pera, protagonista inesperada de fenómenos virales en redes sociales. La línea se completa con naranja, ciruela, manzana y membrillo.
Hay, sin embargo, una ausencia llamativa: Raulito nunca produjo mermelada de frutilla.
El diferencial de la empresa está en una decisión productiva que desafía las prácticas más extendidas del sector. En lugar de recurrir a pulpas genéricas, colorantes o saborizantes para garantizar uniformidad, utiliza la fruta correspondiente a cada variedad.
Eso implica aceptar que cada lote pueda presentar diferencias de color, textura o intensidad de sabor.
«Si cambia la fruta, cambia la mermelada. Nosotros no buscamos corregir eso», resume Ulloque.
El logo que nunca cambió
Quizás uno de los aspectos más llamativos de la historia de Raulito sea la permanencia de su identidad visual.
La ilustración que aparece en los envases desde hace décadas muestra a un niño sosteniendo una cuchara y con la boca manchada de mermelada. Se trata de un retrato dibujado del propio Raulito, realizado con los recursos gráficos disponibles en aquella época.
Lejos de modernizarlo, la empresa decidió conservarlo intacto.
La decisión contrasta con buena parte de las teorías tradicionales del marketing, que sostienen que las marcas deben renovarse periódicamente para seguir siendo relevantes.
«Nosotros hicimos exactamente lo contrario de lo que dicen muchos manuales«, reconoce Ulloque.
Las propuestas para actualizar la imagen han llegado en numerosas oportunidades. Diseñadores y especialistas sugirieron cambios estéticos para modernizar el envase, pero la respuesta de los consumidores fue siempre la misma.
«Cada vez que alguien plantea modificar el logo o el diseño, aparecen los clientes para decirnos que no lo hagamos«, cuenta.
La nostalgia como activo
Sin campañas publicitarias masivas ni una estrategia digital desarrollada, Raulito encontró en las redes sociales una confirmación de algo que intuía desde hace años: el verdadero valor de la marca no está únicamente en el producto.
Un ejemplo reciente fue el caso de una reseña sobre la mermelada de pera publicada en TikTok, que acumuló cerca de 5.000 comentarios.
Para la empresa, esos intercambios funcionan como una suerte de estudio de mercado espontáneo. Allí aparecen relatos vinculados a la infancia, las meriendas en casa de los abuelos, los desayunos familiares o los recuerdos de juventud.
«Nos dimos cuenta de que la gente no habla solamente de una mermelada. Habla de momentos de su vida», señala Ulloque.
Ese componente emocional se convirtió en uno de los principales patrimonios de la marca y explica, en gran medida, la resistencia de los consumidores frente a cualquier intento de modificación.
La ventaja de no haberse alejado del origen
En un contexto donde la autenticidad gana valor entre los consumidores, la experiencia de Raulito parece alinearse con una tendencia global.
Según explica Ulloque, en distintas ferias internacionales del sector alimenticio se observa un creciente interés por productos que mantienen su identidad y su vínculo con el origen.
En ese escenario, la empresa cordobesa juega con una ventaja singular: nunca necesitó regresar a sus raíces porque jamás se apartó de ellas.
Setenta años después de aquellos repartos en triciclo, la marca continúa ocupando un lugar en las mesas argentinas sin haber cambiado su receta, su imagen ni su filosofía productiva.
Una permanencia poco frecuente que demuestra que, a veces, la innovación más efectiva puede ser simplemente mantenerse fiel a lo que se es.
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