Independizarse, un lujo: cuánto cuesta vivir solo en Argentina y por qué cada vez es más difícil
Entre alquiler, alimentos y servicios, la canasta básica para jóvenes supera los $2 millones y puede escalar a $3,5 millones si se suman gastos de educación, ocio y bienestar.

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Un informe de la consultora Focus Market pone cifras concretas a una realidad cada vez más extendida: en Argentina, dejar la casa familiar ya no es un paso natural hacia la adultez, sino un desafío económico complejo. Entre ingresos que no acompañan la inflación, alquileres en alza y alta informalidad laboral, independizarse exige hoy un nivel de ingresos difícil de alcanzar para gran parte de los jóvenes.
El relevamiento construye una “canasta joven” que estima cuánto necesita mensualmente una persona de entre 20 y 30 años para vivir sola. El resultado es contundente: el costo total asciende a $3.543.626 mensuales, sumando gastos esenciales y consumos vinculados al desarrollo personal, la vida social y el ocio.

El peso de lo imprescindible
Solo para cubrir los gastos básicos, el monto ya representa una barrera significativa. La canasta de consumos imprescindibles alcanza los $2.085.853 mensuales.
El principal componente es la vivienda. Alquilar un departamento de dos ambientes ronda los $550.000 mensuales, a lo que se suman expensas por $212.000, servicios por más de $104.000 y el prorrateo del depósito inicial. En total, vivir solo implica destinar alrededor de $912.038 mensuales solo para sostener el hogar.
A esto se suma el gasto en alimentos, bebidas, higiene y limpieza, que asciende a $466.299. Este valor supera ampliamente la Canasta Básica Alimentaria, ya que incorpora hábitos de consumo más representativos de un joven urbano, como comidas fuera del hogar, productos procesados y bebidas.

La salud también tiene un peso relevante. Un plan básico de medicina prepaga se ubica en torno a $238.377 mensuales, al que se agregan unos $50.000 en medicamentos, en línea con los altos niveles de automedicación en el país.
El transporte, otro gasto cotidiano clave, suma $143.123 mensuales entre transporte público y viajes ocasionales en servicios como Uber o taxi.
A estos rubros se agregan gastos en conectividad —internet, telefonía móvil y cable—, actividad física y educación pública, que completan el núcleo básico necesario para sostener una vida independiente.
Vivir solo también implica vivir
Más allá de lo indispensable, el informe incorpora una segunda capa de consumos que, aunque no son estrictamente necesarios, forman parte de la vida cotidiana de muchos jóvenes. Este bloque suma $1.457.773 mensuales adicionales.
Entre ellos aparece el acceso a terapia psicológica, con un costo estimado de $80.000 por dos sesiones mensuales. También se contempla la posibilidad de estudiar en una universidad privada, cuyo arancel promedio supera el millón de pesos mensuales, además de cursos de formación complementaria.
El entretenimiento digital también tiene su peso: plataformas de streaming, música y contenido deportivo suman más de $56.000 mensuales, mientras que las herramientas de inteligencia artificial y almacenamiento en la nube agregan casi $40.000.

En el plano del ocio y el bienestar, se incluyen gastos en actividades deportivas, salidas al cine, recitales y vacaciones, reflejando un estándar de vida que excede la mera subsistencia.
Barreras estructurales
El informe advierte que uno de los principales obstáculos para la independencia es la informalidad laboral, que afecta al 36% de los jóvenes. Esta situación limita el acceso al mercado de alquileres, donde se exigen recibos de sueldo formales y garantías propietarias.
“Una de las principales barreras estructurales es la informalidad laboral, que limita el acceso al mercado de alquileres”, señaló Damián Di Pace, director de la consultora.
En este contexto, incluso quienes trabajan enfrentan dificultades para sostener un proyecto de vida autónomo. La brecha entre ingresos y costo de vida explica por qué cada vez más jóvenes postergan la decisión de mudarse solos.
Un cambio de paradigma
El estudio concluye que independizarse dejó de ser una transición esperable para convertirse en una meta condicionada por variables estructurales. La falta de acceso a empleo formal, la presión del costo de la vivienda y la pérdida de poder adquisitivo configuran un escenario en el que el hogar familiar sigue siendo, para muchos, la única opción viable.
Según Di Pace, revertir esta tendencia requiere medidas integrales: desde políticas que faciliten el acceso a la vivienda —como garantías alternativas o créditos accesibles— hasta mejoras en los ingresos que acompañen el costo de vida.
Sin esos cambios, la independencia económica seguirá siendo un objetivo cada vez más lejano para una generación que enfrenta condiciones más exigentes que las de años anteriores.
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