La brecha entre la macro y el bolsillo: por qué la menor inflación no se siente en la mesa
Mientras las variables fiscales se estabilizan y las exportaciones crecen, la economía doméstica sufre la caída del poder de compra y un endeudamiento estructural en productos de primera necesidad.

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La desaceleración de la inflación no alcanza, por ahora, para aliviar el bolsillo de los argentinos. Esa es la principal conclusión del último análisis del Centro de Almaceneros de Córdoba, que advierte que la mejora de algunos indicadores macroeconómicos no se traduce en una recuperación del poder de compra de las familias.
Según explicó Vanesa Ruiz, representante de la entidad, el dato más preocupante es que el 89% de los hogares financia la compra de alimentos, ya sea mediante tarjetas de crédito, compras «al fiado» o dinero prestado, una situación que consideran consecuencia directa de la insuficiencia de ingresos y no de una mala administración financiera.
Al mismo tiempo, el informe señala que el consumo de carne vacuna registró una caída del 11,5%, alcanzando el nivel más bajo de las últimas tres décadas, un indicador que refleja el deterioro de la capacidad de compra y plantea interrogantes sobre la calidad de la alimentación de los hogares.
Inflación más baja, pero sin recuperación del poder adquisitivo
El Departamento de Estadísticas y Tendencias del Centro de Almaceneros destacó que la inflación mensual de julio se ubicó en 1,9%, consolidando una tendencia de desaceleración respecto de meses anteriores.
Sin embargo, desde la entidad consideran prematuro hablar de una inflación controlada.
El primer semestre del año acumuló una suba de precios del 16,9% y las proyecciones indican que 2026 cerrará con una inflación cercana al 30%.
El problema, sostienen, es que los ingresos no acompañan ese proceso.
Las negociaciones salariales continúan rezagadas respecto de la evolución de los precios y tampoco logran compensar la pérdida de poder adquisitivo acumulada durante los últimos años.
«Puede desacelerarse la inflación, pero si los ingresos no se recuperan, la sensación económica de las familias sigue siendo de ajuste permanente«, resume el diagnóstico del informe.
Comprar comida con crédito ya es la regla
El estudio identifica un cambio estructural en los hábitos de consumo: el financiamiento dejó de utilizarse para bienes durables o gastos extraordinarios y pasó a ser una herramienta para adquirir productos básicos.
Los datos relevados muestran que:
- 38,4% de las familias compra alimentos con tarjeta de crédito.
- 39,3% recurre al crédito otorgado por comercios o compra «al fiado».
- 11,2% pide dinero prestado para cubrir gastos alimentarios.
En conjunto, el 89% de los hogares financia la compra de comida.
Desde el Centro de Almaceneros cuestionan las interpretaciones oficiales que atribuyen este fenómeno a una falta de educación financiera.
Por el contrario, sostienen que se trata de una estrategia de supervivencia frente a ingresos insuficientes y remarcan que las familias no utilizan el crédito por elección, sino porque no logran cubrir sus gastos corrientes con el salario.

Tasas altas y más presión sobre las familias
Otro de los aspectos señalados por la entidad es el costo del financiamiento.
Mientras el sector público accede a créditos con tasas considerablemente menores, los consumidores enfrentan intereses elevados para refinanciar deudas originadas en gastos esenciales.
El informe sostiene que no existen actualmente herramientas de política pública orientadas a aliviar ese costo financiero, situación que profundiza el endeudamiento de los hogares y reduce aún más la capacidad de consumo.
Menos carne vacuna y cambios en la alimentación
Uno de los indicadores más sensibles del informe es la evolución del consumo de carne vacuna.
Según el relevamiento, el consumo cayó 11,5%, ubicándose en el nivel más bajo de los últimos 30 años.
Si bien parte de esa disminución fue compensada por un mayor consumo de otras carnes, desde el Centro de Almaceneros advierten que el reemplazo no alcanza para mantener el mismo nivel nutricional y refleja un cambio forzado en los hábitos alimentarios.
El fenómeno se produce en un contexto que califican como paradójico: mientras Argentina registra buenos niveles de exportación de alimentos y combustibles, muchas familias encuentran crecientes dificultades para acceder a una alimentación adecuada dentro del país.
La consecuencia es una microeconomía debilitada, donde las decisiones de compra están cada vez más condicionadas por el precio y no por criterios nutricionales.

Las variables que generan incertidumbre
De cara al segundo semestre, el Centro de Almaceneros identifica varios factores que podrían complicar el escenario económico.
Entre ellos aparece la evolución del precio internacional del petróleo, condicionado por los conflictos geopolíticos, cuyo impacto podría trasladarse a los combustibles y, posteriormente, a los costos logísticos y los precios internos.
También preocupa el comportamiento del tipo de cambio. Luego de varios meses de relativa estabilidad, los recientes movimientos del dólar generan expectativas de un posible traslado a precios, nuevas presiones sobre las negociaciones salariales y mayores costos energéticos.
A esto se suma la falta de políticas orientadas a recomponer los ingresos reales o reducir el costo del endeudamiento de las familias.
Una economía con dos realidades
El informe concluye que existe una creciente brecha entre los indicadores macroeconómicos y la realidad cotidiana de los consumidores.
Mientras variables como la inflación muestran una desaceleración y las exportaciones mantienen un desempeño favorable, la economía doméstica continúa atravesada por salarios rezagados, consumo deprimido y un fuerte incremento del endeudamiento para cubrir necesidades básicas.
En ese contexto, el Centro de Almaceneros sostiene que el desafío ya no pasa únicamente por reducir la inflación, sino por generar condiciones que permitan recuperar el poder adquisitivo y garantizar el acceso de los hogares a una alimentación adecuada.
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