Mercado de trabajo y juventud: las barreras estructurales que condicionan a la mitad de la población
Según datos de la UBA, el comercio, la construcción y el cuentapropismo concentran la ocupación juvenil, en un contexto donde el trabajo no alcanza para evitar que casi el 57% de los hogares quede por debajo de sus necesidades mensuales.

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Casi la mitad de los jóvenes de entre 18 y 29 años en la Argentina (48,9%) vive en condiciones de vulnerabilidad social. En ese universo, el acceso al mercado de trabajo no actúa como un garante automático de estabilidad económica: la amplia mayoría se desempeña en la informalidad, percibe ingresos que no alcanzan para cubrir la canasta básica familiar y enfrenta severas barreras para consolidar una trayectoria laboral formal.
Así lo revela el informe de investigación “Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro”, elaborado por el Ciclo Básico Común de la UBA en el marco del proyecto PIDAE. El estudio encuestó a 1.002 jóvenes de 18 a 29 años en los principales aglomerados urbanos del país entre diciembre de 2025 y enero de 2026.

Un mercado laboral dominado por la precariedad
Si bien casi siete de cada diez jóvenes vulnerables (69,4%) se encuentran trabajando, la calidad de esa inserción revela una extrema fragilidad:
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Dominio de la informalidad: Entre quienes trabajan, apenas el 15,3% cuenta con un empleo registrado («en blanco»). Si se considera al total de la población juvenil vulnerable, solo un 10% accede a la formalidad.
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Informalidad y cuentapropismo: El 75,9% se desempeña en relaciones laborales no registradas (46,1%) o trabaja por su propia cuenta (29,8%). Los monotributistas representan solo el 5,2%.
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Sectores de baja calificación: Las ocupaciones se concentran principalmente en el comercio y restaurantes (28,5%), la construcción (19,8%), las ventas ambulantes, en ferias o por Internet (15,6%) y tareas de limpieza o cuidado (11,2%).
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Disparidad de género: La ocupación es más elevada en varones (76,8%) que en mujeres (59%). Ellas presentan una mayor proporción de trabajo por cuenta propia, mientras que los varones acceden en mayor medida al empleo formal.
Por otro lado, el 30,6% de los jóvenes vulnerables está inactivo o desocupado. Además, casi dos de cada diez (19,1%) integran el segmento de quienes no trabajan ni estudian.
La paradoja del trabajo que no saca de la pobreza
El informe demuestra que la tenencia de un empleo no basta para garantizar el bienestar económico del hogar. Aunque el trabajo propio o de otro integrante de la vivienda representa la principal fuente de ingresos para el 75,5% de las familias, un 16,2% depende primordialmente de «changas» y un 3,8% de asistencia estatal.
Esta inestabilidad se traduce en severas restricciones presupuestarias: el 56,9% de los encuestados afirma que los ingresos totales de su hogar no alcanzan para llegar a fin de mes. La insuficiencia de recursos es más aguda entre las mujeres (62,3%) que entre los varones (53%) y se profundiza en las provincias (58,3%).
El nivel educativo como factor protector
La acumulación de capital educativo surge como la variable determinante para escapar de la precariedad laboral:
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Impacto en la formalidad: Entre quienes no terminaron el secundario, solo el 10,2% tiene un trabajo registrado y el 51% trabaja en la informalidad. En cambio, entre aquellos con estudios terciarios o universitarios, el empleo en blanco escala al 30% y el monotributo al 15%.
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Estabilidad de ingresos: El 87,9% de los jóvenes con educación superior sostiene su hogar con empleos formales y la dependencia de las changas cae a niveles marginales.
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Desvinculación temprana: A pesar de su importancia, solo el 24,8% de los jóvenes vulnerables continúa estudiando, mientras que un escaso 15% realiza cursos de formación en oficios.
Expectativas: la urgencia laboral por encima de la formación
Al proyectarse a cinco años, las prioridades de los jóvenes vulnerables están marcadas por la necesidad de estabilidad material. Conseguir un trabajo o mejorar el actual surge como la meta principal (31,9%), seguida muy de cerca por el acceso a la vivienda propia (29,8%). La continuidad de los estudios aparece relegada en un tercer lugar (15,2%), mientras que la conformación de una familia representa la prioridad solo para el 4,2%.
Al evaluar los obstáculos para alcanzar estas metas, los encuestados apuntan mayoritariamente a factores estructurales del entorno económico: la falta de dinero (40,7%) y la escasez de oportunidades (30,5%) son percibidas como las principales barreras para su desarrollo.
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