“Tenemos una economía dual”: los dólares crecen, pero la morosidad asfixia al mercado interno
La economista Gisela Veritier advierte que el país atraviesa una “economía dual”: mientras minería, petróleo y agro generan dólares, industria, construcción y comercio sufren el freno del consumo. La morosidad refleja esa desconexión.

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Argentina atraviesa una paradoja económica cada vez más visible: mientras los principales sectores exportadores muestran capacidad para generar divisas y las cuentas macroeconómicas exhiben señales de ordenamiento, el mercado interno continúa debilitado. Una de las expresiones más concretas de esa tensión es el crecimiento de la morosidad crediticia, que posiciona al país a la cabeza de América Latina.
Para la economista Gisela Veritier, el fenómeno no puede analizarse únicamente desde la situación financiera de los hogares. Detrás del aumento de los atrasos en préstamos y tarjetas aparece una estructura económica partida en dos. Por un lado, minería, petróleo y agro muestran una dinámica favorable y aportan dólares. Por otro, industria, construcción, comercio y hotelería —sectores con fuerte peso en el empleo— no consiguen capturar ese crecimiento.
“Tenemos una economía dual: hay sectores que están funcionando muy bien, generando dólares, pero eso no está llegando al mercado interno”, plantea Veritier. En ese escenario, el deterioro del consumo se convierte en uno de los principales puntos de tensión del programa económico.
El crédito como mecanismo para sobrevivir
La pérdida de poder adquisitivo y la dificultad para sostener el nivel de consumo llevaron a muchas familias a recurrir al financiamiento como una herramienta para completar sus ingresos. El problema es que ese mecanismo comienza a mostrar sus límites.
En Argentina, el crédito históricamente estuvo más asociado al consumo que a la inversión de largo plazo. Los préstamos hipotecarios tienen una participación reducida y el financiamiento productivo enfrenta tasas elevadas. En cambio, los préstamos personales y las tarjetas se convirtieron en una vía rápida para cubrir gastos cotidianos.
La combinación resulta particularmente compleja cuando los ingresos no acompañan el costo financiero. Las ofertas de préstamos preaprobados que los bancos acercan a sus clientes pueden resolver una necesidad inmediata, pero generan una obligación futura que, en muchos casos, termina siendo difícil de afrontar.
“El crédito al consumo fue la herramienta que encontraron muchas familias para llegar a fin de mes, pero cuando los ingresos no alcanzan, ese mismo crédito termina alimentando la morosidad”, explica la economista.
El problema se profundizó durante el período de fuertes tasas de interés implementado para contener la presión cambiaria. En ese contexto, el costo del dinero llegó a niveles extraordinariamente elevados, encareciendo tanto los préstamos como el financiamiento mediante tarjetas.
Tasas altas, menos pesos y menor consumo
La estrategia de desinflación impulsada por el Gobierno también tiene impacto sobre la actividad. La absorción de liquidez busca reducir la cantidad de pesos disponibles y evitar que el excedente se dirija al dólar, pero al mismo tiempo restringe el circulante que alimenta el consumo y el crédito.
El resultado es una economía donde la estabilización de algunas variables convive con una demanda interna todavía debilitada.
Para Veritier, los bancos también se encuentran en una posición defensiva. Aunque existe una intención oficial de reducir las tasas y recuperar el crédito como motor de la actividad, las entidades financieras deben administrar el riesgo de sus propias carteras.
El aumento de la morosidad obliga a endurecer los criterios de otorgamiento. A eso se suma el riesgo de liquidez asociado a los vencimientos de deuda. Una eventual falta de renovación de instrumentos financieros podría liberar pesos que presionen sobre el mercado cambiario, generando nuevamente incentivos para sostener tasas elevadas.
De esta manera, la recuperación del crédito enfrenta un círculo complejo: los hogares necesitan financiamiento porque sus ingresos no alcanzan, pero los bancos son más cautelosos porque aumenta el riesgo de incumplimiento.
La paradoja de una macro ordenada
El contraste entre las variables macroeconómicas y la situación de los hogares constituye, para Veritier, uno de los principales interrogantes del momento.
Argentina muestra un escenario de superávit fiscal y una mayor generación de divisas asociada a sectores exportadores estratégicos. La comparación con los primeros años de la década del 2000 aparece como referencia para describir una economía que, desde la perspectiva agregada, presenta condiciones de mayor equilibrio.
Pero esa fotografía no necesariamente coincide con la economía cotidiana.
“La macroeconomía puede mostrar orden, pero si ese orden no llega al bolsillo, aparece un problema social y económico muy fuerte”, sostiene Veritier.
El desafío, entonces, pasa por lograr que la generación de dólares y el equilibrio de las cuentas públicas se traduzcan en mayor actividad para los sectores que dependen del mercado interno.
Industria, construcción y comercio tienen una particularidad que los diferencia de los grandes complejos exportadores: su capacidad de generar empleo y movilizar el consumo doméstico. Si permanecen estancados, la mejora de los indicadores agregados puede convivir durante un tiempo con una sensación de deterioro entre los hogares.
El límite político del ajuste
El escenario también comienza a adquirir una dimensión electoral. La administración de Javier Milei apuesta a que la estabilización macroeconómica, la reducción de la inflación y una recuperación genuina del crédito permitan reactivar la economía sin recurrir a estímulos artificiales del consumo. El problema es el tiempo.
El agotamiento social aparece como una señal de alerta. Si el crecimiento no se traduce en una mejora perceptible en los ingresos y en la capacidad de consumo, la distancia entre los indicadores macro y la experiencia cotidiana puede transformarse en un costo político.
En ese marco, la evolución de la inflación será otro dato relevante. Para julio se espera una aceleración respecto del mes anterior, en parte por factores estacionales vinculados al período de vacaciones de invierno. El dato de inflación de la Ciudad de Buenos Aires, que marcó 2,9%, aparece como una referencia previa.
La cuestión de fondo, sin embargo, excede el dato mensual de inflación. El desafío consiste en que la estabilización consiga reconstruir el ingreso disponible y permita que el crédito vuelva a funcionar como herramienta de inversión y crecimiento, y no como mecanismo de supervivencia.
Argentina puede exhibir superávit, dólares provenientes de sus sectores exportadores y una macroeconomía más ordenada. Pero mientras ese flujo no consiga conectarse con la economía doméstica, la morosidad seguirá siendo uno de los indicadores más visibles de la tensión.
La salida, plantea Veritier, no pasa solamente por prestar más. Requiere que los ingresos vuelvan a alcanzar para pagar lo que las familias consumen, que el crédito recupere condiciones sostenibles y que el crecimiento de los sectores que generan divisas finalmente encuentre un puente hacia el mercado interno.
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